Durante la campaña electoral de Javier Milei en Argentina hemos visto cómo el arte de hablar en público puede llevar al orador a la presidencia de una nación. Barak Obama, aunque con un discurso social muy diferente al de Milei, también es un orador muy experimentado, que conoce el poder de las palabras combinado con la retórica. Hablamos hoy de la obligación ética del orador porque un discurso puede ser un arma letal que crea y potencia conflictos sociales, que manipula la opinión de la mayoría.
Los que tenemos acceso a este tipo de arma letal, los que sabemos cómo inspirar a nuestra audiencia debemos ser líderes humildes.
El conocimiento es aprender algo nuevo diariamente, la sabiduría es dejar algo diariamente. Nan-in, un maestro del Zen del siglo 19 recibió un catedrático europeo. Nan-in sirvió té en tacitas pequeñas. A pesar del horror que se dibujaba en la cara del profesor occidental, Nan-in no paraba cuando la taza estaba llena y el catedrático gritó al final: ¡maestro la taza está llena! y contestó Nan-in con calma: Igual que esta taza, Usted está lleno de sus propias opiniones y especulaciones; ¿Como le podría yo enseñarle los fundamentos del Zen sino vaciar la taza primero.
Me preguntará, ¿que tiene que ver esta historia con mi estilo de comunicación? Volvemos al diálogo de besugos, alguien te cuenta una historia personal y la otra solo espera poder interrumpir para expresar la suya: Cuento a mis amigos en la tertulia dominical, que en mayo tendremos un intercambio de casa con una familia de Venecia y nada más pronunciar la palabra Venecia, un amigo me interrumpe y cuenta al grupo de amigos que él ha estado media docena de veces en Italia, que lo conoce mejor que nadie, que me puede dar una lista de restaurantes venecianos donde debo parar. ¿Como me siento yo? Mal, porque mi triunfo de poder viajar a Venecia se diluye, se desinfla, que mi alegría se amarga solo porque otra persona se proyecta como alguien mejor preparado, con mas conocimientos.
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